En México, la capacitación no es solamente una práctica recomendable de recursos humanos: es un derecho de las personas trabajadoras y una obligación de los patrones. La Constitución, en el artículo 123, apartado A, fracción XIII, establece que las empresas deben proporcionar capacitación o adiestramiento para el trabajo. La Ley Federal del Trabajo desarrolla esta obligación en su Capítulo III Bis.
Su propósito general es mejorar simultáneamente la capacidad de la persona para trabajar y la capacidad de la empresa para obtener mejores resultados. El artículo 153-A de la Ley Federal del Trabajo señala que la capacitación o el adiestramiento deben permitir elevar el nivel de vida del trabajador, su competencia laboral y su productividad. Por eso, capacitar no consiste simplemente en impartir cursos, implica desarrollar conocimientos y habilidades relacionados con el trabajo y con las necesidades del centro laboral.
La propia Ley distingue técnicamente entre capacitación y adiestramiento. La capacitación tiene como objeto preparar a trabajadores de nueva contratación y a quienes puedan ocupar vacantes o puestos de nueva creación. Incluso puede incluir apoyos para iniciar, continuar o concluir estudios escolares. El adiestramiento, por su parte, busca actualizar y perfeccionar conocimientos y habilidades, facilitar la aplicación de nuevas tecnologías, informar sobre riesgos y medidas de prevención, incrementar la productividad y mejorar la competencia laboral.
En términos prácticos, esto significa que una empresa capacita para cerrar brechas entre lo que una persona actualmente sabe hacer y lo que necesita saber hacer para desempeñar correctamente su función o asumir mayores responsabilidades. También sirve para introducir nuevos procesos, equipos, tecnologías o métodos de trabajo; reducir errores; prevenir riesgos; elevar la calidad; fortalecer la productividad y preparar al personal para cambios dentro de la organización.
La capacitación tampoco es un proceso unilateral. La Ley establece que los trabajadores deben recibirla y, cuando se les imparte, tienen obligaciones relacionadas con su participación en el proceso. Esto refuerza una idea importante: desarrollar las competencias laborales es una responsabilidad organizada dentro de la relación de trabajo, no una actividad opcional o aislada.
Sin embargo, hay una precisión fundamental: la capacitación no debe confundirse con generar constancias o cumplir trámites ante la Secretaría del Trabajo y Previsión Social. Los planes y programas deben abarcar los puestos y niveles existentes y contemplar acciones relacionadas con productividad; la Secretaría puede verificar su existencia y aplicación. La documentación acredita el cumplimiento, pero el objetivo de fondo sigue siendo desarrollar capacidades laborales reales.
Por ello, una capacitación útil parte de una necesidad concreta. Primero se identifica qué resultado laboral debe mejorar; después se determina qué conocimientos, habilidades o comportamientos hacen falta; posteriormente se diseña la intervención y finalmente se verifica si hubo aprendizaje y si éste se trasladó al trabajo.
En resumen, la capacitación sirve para que las personas puedan desempeñar mejor su trabajo, desarrollarse profesionalmente y adaptarse a nuevas exigencias, mientras la empresa mejora su productividad, seguridad y capacidad de ejecución. Desde la perspectiva laboral mexicana, ambas dimensiones son inseparables: capacitar debe generar desarrollo para el trabajador y mejores capacidades para la organización.
